OPAGAC

Tras la flota fantasma que decide el precio de tu bocadillo de calamares (El Confidencial)

Una investigación en la que ha participado El Confidencial muestra cómo el mercado del pescado congelado está saltando por los aires. El boom de las flotas asiáticas y la globalización del negocio ya afecta hasta a los calamares a la romana.

“Estamos viviendo un cambio que está dejando a la flota comunitaria sin muchas posibilidades de competir”, cuenta Edelmiro Ulloa, director gerente de la Cooperativa de Armadores de Vigo. “La aparición de los barcos asiáticos, principalmente chinos, en aguas internacionales está teniendo un gran impacto. Son cientos de buques que pescan sin cuotas, pasan varios años en alta mar sin pisar puerto, no tienen reparos en mantener a sus empleados en condiciones deplorables y no siguen muchos de los controles pertinentes. Sin embargo, buena parte de ese pescado acaba en el mercado europeo y se mezcla con el nuestro simplemente porque es más barato”.

Una investigación internacional en la que ha participado El Confidencial ha comprobado cómo este producto pesquero, que ha multiplicado su extracción por 10 en los últimos tiempos, ha pasado de funcionar en un entorno casi tradicional (de ahí el símbolo del bocata madrileño) a convertirse en otro elemento industrial de la globalización. Su mercado cada vez se aleja más del puerto y se acerca a industrias como la moda o la tecnología, con el beneplácito de buena parte del sector y los gobiernos.

España es uno de los mejores lugares para ver el cambio. Líder tradicional de la pesca en los caladeros del Atlántico sudoccidental, el Pacífico sudoriental o el Índico, sigue manteniendo poder y peso en aguas nacionales y en el proceso de importación y transformación del producto, pero va quedando cada vez más relegado ante el potencial de la armada asiática. Mientras, según los armadores, la flota española mueve unos 25 barcos en el Atlántico Sudoccidental que puedan pescar cefalópodos en aguas internacionales, los últimos datos, publicados por la Fundación Latinoamericana de Sostenibilidad Pesquera, cifran entre 300 y 500 los buques poteros de bandera extranjera en la zona, la mayoría de China, Corea del Sur y Taiwán.

El esfuerzo pesquero de la flota china ha experimentado un aumento explosivo, creciendo un 85% entre 2019 y 2024 y ya extrae entre 1,5 y 3 millones de toneladas anuales de Illex argentinus (una de las especies que denominamos como pota) en estas aguas sin dueño. Para hacerse una idea, en una temporada récord en aguas nacionales argentinas, como la de este 2026, las capturas de este animal difícilmente llegan al millón de toneladas.

No es la única costa en la que se da un fenómeno similar aunque no tenga tanto glamour. Solo unos miles de kilómetros más hacia el oeste, en el Pacífico Sudoriental, la flota china también lidera las capturas de otra especie de pota o potón, el Dosidicus gigas o calamar gigante. El tirón de este animal, más grande y barato que el calamar tradicional y el Illex, ha hecho que Perú haya pasado de 31 embarcaciones de pota en 2023 a 1043 en 2026. Sin embargo, solo las embarcaciones chinas autorizadas para pescar en aguas nacionales siguen superando, por mucho, sus capturas. Fuera de las fronteras se habla de millones de capturas y de más de 600 buques que se reparten entre los dos caladeros.

QUÉ ES EL CALAMAR

Siendo pulcros, España sigue controlando la captura de calamar en el mundo. Lo hace, sobre todo, porque monopoliza las 16 licencias que da Islas Malvinas (o más bien Islas Falklands) para la pesca del Loligo gahi en sus costas. Esta especie es la que realmente se conoce como calamar o calamar patagónico y la que más se asemeja al calamar local, Loligo vulgaris, que puedes encontrar en cualquier litoral. Fuera de los límites malvinos es difícil capturarla y la pesca española sólo alcanza unas 50.000 toneladas al año, por lo que su precio no ha parado de subir en los últimos años.

Ante esta situación las flotas (también la española) han ido dando con alternativas más baratas, abundantes y con un aspecto tan similar que se pueden vender como calamar. Y es ahí donde entra el juego de la pota y el potón. La primera hace referencia principalmente al Illex argentinus, aunque entran otros animales de la misma familia como el Illex vulgaris o pota europea, que en los últimos años no ha parado de crecer, sobre todo con capturas en aguas marroquíes. El potón es el calamar gigante que en las costas de Perú y Chile vive un auténtico auge.

“Hay un agujero claro con respecto al etiquetado de productos procesados del mar, que cuentan con menos transparencia trazabilidad que los no procesados”, explica Carmen González Sotelo, investigadora de la Universidad de Vigo que ha participado en un estudio sobre el ADN de los cefalópodos que comemos en Europa. “Detectamos mezclas de especies que pueden resultar engañosas para los consumidores, así como información limitada y poco clara sobre el origen geográfico y los métodos de captura de los cefalópodos”, señala.

España sigue teniendo un papel clave, con sus socios argentinos, en la pesca de pota argentina en aguas nacionales, pero ya ha perdido peso respecto a China, que lidera esta captura, y Corea del Sur. Y pasadas las 200 millas de la costa no hay color. Los barcos asiáticos son incontables, apenas dan información y las posibilidades de estados y asociaciones proteccionistas por vigilar sus pasos es muy limitada. Se habla, en todo caso, de millones de toneladas anuales sacadas por estas embarcaciones.

Millones de calamares que normalmente se congelan, se llevan a China para su transformación y se reparten por el mundo. En nuestro país, la fuerza de la flota española sigue manteniendo controlada la influencia de China, con grandes importaciones desde Perú o Marruecos, pero ya se importan más cefalópodos desde China que desde Argentina.

EL NEGOCIO

Esta forma globalizada de proceder ha cambiado por completo el mercado del pescado congelado. Hasta hace muy poco lo habitual era que la empresa transformadora en España tuviese a su vez su propia flota que le surtía el producto. Pero, como ha ocurrido en otros sectores, la globalización ha abaratado tanto los costes del transporte que este apenas tiene impacto en el balance comercial y las estructuras tradicionales empiezan a sufrir frente a otras mucho más livianas que funcionan con intermediarios de países más pobres. Así lo señalan desde el puerto de Valencia, pieza clave del negocio de Europa con China y donde desembarca buena parte de este calamar congelado que pasa por el gigante asiático. Cosco, la mayor compañía de transporte marítimo y logística de China, se ha quedado ya con una de las principales terminales del puerto levantino y se están ampliando las instalaciones del muelle ante la afluencia de nuevos contenedores procedentes de esta y otras firmas. Están en récord histórico, con más de cinco millones de contenedores recibidos y ya es el cuarto puerto más concurrido de Europa.

Según explican desde la institución valenciana, traer un contenedor de 20 toneladas desde China puede rondar entre los 2.000 y los 4.000 euros. “No es dinero si se compara con lo que cuesta fabricar esas toneladas aquí”, aseguran. “El contenedor es el gran símbolo de la globalización. La distancia ya no es un coste”.

Con estas opciones, junto al negocio tradicional de la pesca, ahora reluce otro: el del trader o gestor. Cada vez más empresas pasan de faenar a mirar gráficas que les marquen qué importar, cuándo, a qué precio y jugar con los márgenes. Buscan buenos proveedores, el mejor producto, optimizan procesos y aprovechan huecos para convencer a los clientes con precios más bajos.

Para estudiar su rentabilidad, El Confidencial pudo conectar con varias empresas que ofrecían pescado congelado desde China durante la feria Seafood Global Expo de Barcelona, el evento de pescado más grande del mundo. Después de abalanzarse sobre los periodistas en busca de nuevos clientes, dos de esas firmas no dudaron en darnos precios por email asegurando que no tenían problemas para importar su producto a Europa.

Según los mensajes intercambiados con ambas compañías, una tonelada de anillas de pota argentina, es decir, ya procesadas, se podría conseguir por 6.000 dólares (unos 5.100 euros). Más barato es el potón, que se podría importar por 3.800 dólares (unos 3.000 euros), fletes aparte. A día de hoy, el kilo de estas anillas se vende en los supermercados españoles por cerca de 12 euros el kilo, en el caso del cefalópodo argentino, y 10 en el caso del calamar gigante. Las de calamar patagónico, mucho más difíciles de encontrar, superan los 15.

Una de las empresas se definió como “el mayor grupo pesquero de calamar Illex”. Pese a no poder contrastar dicha información, aseguraron que en Argentina cuentan con 11 buques de pesca dentro del país, 4 en aguas internacionales y 4 arrastreros en alta mar. “Nuestros 19 buques están dedicados exclusivamente a la pesca de calamar Illex, con una capacidad de captura anual de aproximadamente 40.000 toneladas”.

Para que el comprador no se tenga que preocupar de nada más, ofrecen cuatro plantas procesadoras de calamar en la provincia de Shandong, donde elaboran tubos, anillos y tentáculos, entre otros productos. “Tenemos una capacidad de exportación de unos 800 contenedores al año a nivel mundial”.

Este nuevo modelo de pesca ya no solo afecta al calamar, sino que se ha abierto a otros productos con procesos similares. Los atuneros españoles acaban de lanzar una campaña denunciando situaciones muy parecidas. “La industria y los distribuidores solo se preocupan por tener pescado barato y no miran mucho más. Por eso, cuando les llegan ofertas apenas dan más vueltas, solo buscan mantener la lata de atún en los 1,73 euros que cuesta ahora mismo”, señala Julio Morón, director gerente de OPAGAC (Organización de Productores Asociados Grandes Atuneros Congeladores).

«Nosotros no podemos competir con estos productores. Principalmente por la situación social de sus empleados. En un barco de estas flotas fantasma los sueldos pueden rondar 150 euros, como mucho, y viven en condiciones pésimas. Nuestros marineros se mueven en los 2.000. Súmale condiciones básicas, relevos, viajes, estancias, temas medioambientales…”, detalla el armador. “Hace unos años nos hicimos la gran pregunta: o nos hacemos chinos o cerramos. De momento estamos intentando aguantar a nuestra manera, porque lo otro ni nos lo podemos plantear. Son condiciones horribles”.

EL DESTINO

Las quejas de los armadores con respecto a la distinta vara de medir de las legislaciones europeas son constantes. Europa tiene una de las normativas más exigentes en cuanto a la pesca del mundo, pero permite la entrada de pescado chino sin problemas. “Hay muchos intereses como para que una tarjeta roja complique las relaciones geopolíticas”, dice Ulloa. Una laxitud que tiene un grandísimo impacto en el caso del pescado congelado.

De todos modos, la propia industria de la alimentación tampoco ha forzado la máquina en este asunto. Como muestra el estudio de la Universidad de Vigo, en los principales supermercados apenas se da información sobre el origen de estos productos y juegan al máximo con los agujeros que permiten las leyes, como la confusión al hablar de calamar.

El caso de la pota incluso ha llegado a uno de los platos más míticos de Madrid, el bocata de calamares. Hay denuncias de consumidores y críticos gastronómicos que hablan de que la mayoría de los bocatas que se venden en realidad son bocatas de pota, siendo esta última especie más sencilla de freír, además de mucho más barata.

Preguntados por El Confidencial, los camareros de uno de los bares más concurridos no atinan a decir el origen de sus alimentos ni la especie que preparan, y despachan la pregunta con un simple “vienen de Portugal o algo así”. En cuanto a los dueños de estos locales, optan por una respuesta similar. No dan más explicaciones porque aseguran que “eso es información relativa a nuestros proveedores que no podemos dar”.

La globalización ha conseguido que el Made In China llegue hasta la cocina.